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Rodolfo Villarreal Ríos

Del lamento de Icamole al silencio parisino

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Del lamento de Icamole al silencio parisino

Periodismo

Mayo 27, 2015 22:31 hrs.
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Poco nos acordamos que un 25 de mayo, el próximo hará ciento cuatro años, abdicó a la presidencia de México, José de la Cruz Porfirio Díaz Mori tras ejercerla durante más de treinta y cuatro años. El argumento que lo llevó a tomar tal decisión fue producto de la transición pactada que ya se había acordado en marzo de ese año en New York. El antiguo soldado de La Reforma pensaba que con ello habría de evitarse una lucha armada. Hubiera estado en lo correcto de no haberse atravesado aquel soldado a quien él había enviado a Paris a estudiar, Victoriano Huerta. Hace un rato, tanto que ya casi alcanza una década, cuando apenas iniciábamos nuestro autoexilio, elaboramos una de nuestras colaboraciones semanales, la cual al final de cuentas no fue publicada. Sin embargo, ahí la dejamos en los archivos hasta que buscando tema para esta semana nos tropezamos con ella y al revisar el contenido, decidimos retomar aquel escrito.
Al encontrarnos a miles de kilómetros del solar patrio, apuntábamos, en aquel lugar que convierte su historia propia en referente fundamental para entender el pasado y presente universal contemporáneo, recordamos que aparte de los sitios que para cualquier visitante son obligatorios acudir, existía uno específico que nos marcaba toda una época de la vida política, social y económica de nuestro país. Motivados por la curiosidad histórica, decidimos averiguar su ubicación. En otros tiempos, no tan lejanos, visitar aquel lugar hubiera sido un sacrilegio. Sin embargo, decidimos colocar a un lado fobias políticas personales y asistir al lugar.
Una vez localizado en el mapa correspondiente, encontramos que en la zona sur de Paris, sobre el Boulevard Edgar Quinet, se encuentra el Cementerio de Montparnasse. Inaugurado en 1824, cubre una superficie de 18.72 hectáreas bajo la cual descansan los restos de laureados escritores, científicos, premios Nobel, soldados, artistas y políticos tanto franceses como latinoamericanos Provistos de mochila al hombro, emprendimos la caminata hacia dicho lugar.
Durante el trayecto, recordábamos; al héroe del 2 de abril; al general que fue factor fundamental para lograr la derrota de los invasores franceses; a quien sin contemplaciones ordenó la ejecución de Santiago Vidaurri, entonces ministro de finanzas del austriaco emperador de opereta; del benevolente que obvió la ejecución del sanguinario Leonardo Márquez; del soldado de la patria que creyó que sus servicios no fueron recompensados de acuerdo a los resultados entregados.
A la mente venía el recuerdo de su rebelión en contra del Estadista Benito Pablo Juárez García por no entregarle la presidencia de la patria; a quien de pronto se convirtió en enemigo de quienes lo habían creado; al incitador del Plan de la Noria; a quien después de su derrota en tierras norteñas, en 1876,en contra de las fuerzas del gobierno de Lerdo de Tejada, fue conocido como el “Llorón de Icamole”; aquel que finalmente en 1876 se hizo del poder y se proclamó contrario a la reelección presidencial; a quien puntualmente cedió el cargo, cuatro años más tarde, a su compadre Manuel González; al olvidadizo de sus proclamas, quien en 1884 reclamó la devolución del puesto.
El trayecto era largo y permitía hacer memoria de que a partir de ese año, 1884, cada cuatro hasta 1910, convocaría a elecciones para permitir que su pueblo lo eligiera como su líder; del gobernante bajo cuya ala protectora se empollaría el grupo de los llamados científicos; al protector de empresarios pulqueros y azucareros; al creyente de que el éxito en las cifras macroeconómicas son suficientes para distribuir la riqueza y mejorar las condiciones de vida de los gobernados; al creador de Valle Nacional, sitio de reflexión para todos aquellos que no encontraran las bondades de su dirección; al compungido que cada 21 de marzo, provisto de pañuelo distinto, derramaba lagrimas profundamente ante la tumba de su antiguo jefe.
Evocábamos la imagen del hombre que inició su mandato presentando un perfil de recios rasgos indígenas; al enamorado de Juana Catalina Romero; al esposo de su sobrina Delfina; al estricto padre que envió a su descendiente varón al Colegio Militar para darle una formación correcta; al angustiado padre que veía como su hija, Amada, sufría la indiferencia de su esposo Ignacio de la Torre y Mier quien prefería atender los corceles que celosamente le preparaba su caballerango de confianza que respondía al nombre de Emiliano Zapata; al viudo que a los cincuenta y uno años decidió desposarse con Carmen Romero Rubio de apenas 17 años de edad; a quien a partir de ese hecho habrían de refinar su apariencia ayudado por los polvos de arroz y presentar una tez cada vez más blanca, lo cual no evitaba que continuara pronunciando pais y al maiz, así sin acentos.
Nos acordábamos de las imágenes del Centenario de la Independencia, captadas por la lente de Salvador Toscano, todo era paz y tranquilidad bajo la guía del patriarca; evocábamos al gobernante que olvidó la geografía del poder y prefirió alejarse de las márgenes del Bravo para cruzar el Atlántico y abrirle la puerta al capital proveniente de allende el Océano; repasábamos el texto del comunicado mediante el cual, en un hecho tardío, entregaba el poder para evitar así una guerra civil.
En esas estábamos cuando de pronto nos topamos con el acceso principal del sitio buscado, ahí donde se encuentran los restos de José de la Cruz Porfirio Díaz Mori. Al preguntar sobre la ubicación de “la sepultura del dictador mexicano,” fuimos corregidos por la dama encargada de resguardar el acceso, “Presidente Mexicano,” nos dijo. Para evitar polémicas aceptamos la observación, al tiempo que aprendíamos una lección que desde entonces tenemos bien presente.
Acto seguido, se nos indicó que sobre el ala oeste del cementerio, próximo a la barda que lo circunda, en la división número 15 se haya la capilla en donde encontraríamos respuesta a nuestra pregunta. Imaginamos encontrarnos una estructura colosal. Sin embargo, nos sorprendió la austeridad del monumento referido. Construido con piedra gris, de una altura poco mayor a cuatro metros y una superficie que no va más allá de 2 x 2 metros, encontramos en su parte superior el águila imperial devorando una serpiente y en frontispicio escrito Porfirio Díaz.

Sobre la puerta de entrada, cerrada, un moño de color negro pareciera reforzar el impedimento para acceder al sitio. Del lado izquierdo, un ramo de gladiolas que aun conservaban su frescura y en la parte derecha una pequeña maceta con minúsculas flores rojas enmarcaban el lugar.
Asomándonos, a través de los cristales, observamos un pequeño altar de mármol blanco, en cuya parte inferior se lee: Porfirio Díaz 15 de Septiembre de 1830 - 2 de julio de 1915. En la segmento superior un par de fotografías recientes mostraban un grupo que asumimos eran descendientes del personaje ahí sepultado.
Al dirigir la vista hacia la superficie de la tumba vimos como se encontraban desordenadamente distribuidas fotografías a color de tamaño credencial y pequeñas notas en las cuales se leía agradecimientos, reconocimientos y añoranzas dirigidos a quien fuera presidente de los mexicanos. Seguramente fueron escritos por algunos que ciertamente no vivieron aquella época, pero que tal vez sean beneficiarios indirectos de aquellos años de bonanza para un grupo reducido.
Ciento cuatro años, decimos ahora, han transcurrido desde que Díaz Mori decidió abandonar el país para entonces ya sumido en plena crisis. Era el resultado que arrojaba un modelo económico y político que enfatizó el crecimiento sobre el desarrollo, lo cual al final trajo desigualdades enormes. En esto nada tenía que ver sí Díaz quería o no a su patria, a lo largo de su vida dio muestras de su amplio aprecio por ella. Lo que le sucedió al soldado de la Reforma fue que al trascurrir del tiempo el ejercicio del poder lo desgastó y permitió que la injusticia y la desigualdad predominaran. Al leer el texto de su renuncia, se puede apreciar el convencimiento que tenia de haber cumplido con su misión. Sin embargo, la realidad era otra. Eso sucede a muchos hombres en el poder que de pronto se vuelven rehenes de aquellos que los rodean y los adulan haciéndoles creer que todo marcha bien, mientras les ocultan que hay cosas por corregir. Díaz fue capaz de sobreponerse a los lamentos de Icamole y finalmente acceder a la presidencia de la republica a la cual le tomo tal cariño que la mantuvo por treinta y cuatro años. Sin embargo, olvidó que crecimiento no es sinónimo de desarrollo, algo que finalmente lo llevó a terminar en el silencio parisino. vimarisch53@hotmail.com
Añadido. Están indignados porque le grabaron la conversación a quien dice pertenecer a la intelectualidad mexicana, aun cuando no es sino un intele?cual? y hoy trata de venderse como modelo de la neutralidad. En realidad no hizo sino mostrar públicamente como cada uno de ellos no son más que una parvada de engreídos-tartufos quienes consideran como ciudadanos de segunda a aquellos, fuera de su cofradía, que no tienen por costumbre sumergirse en las cañerías en donde ellos acostumbran exponer sus ideas brillantes. RVR


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